Sunday, September 26, 2010

Un relato inconcluso

Un relato inconcluso…

“… el tedio es el punto más alto de la distensión física.

El tedio es el pájaro de sueño que incuba los huevos de la experiencia.

El menor susurro de las hojas los asusta.

Sus nidos- actividad íntimamente asociada con el tedio-

ya se extinguieron en la ciudad y están en vías de extinción en el campo.

Con eso, desaparece el don de oír y desaparece la comunidad de oyentes.

Contar historias siempre fue el arte de contarlas de nuevo,

y ello se pierde cuando las historias no son más conservadas.

Ello se pierde porque nadie más hila o teje mientras oye la historia.”

Walter Benjamin

La página estaba en blanco, y él debía escribir lo que pensaba…no estuvo ausente el miedo. Como en la imagen de Benjamin:…“el menor susurro de las hojas lo asustaba”…Y ese susurro traía consigo viejas voces que se cruzaban en un diálogo interminable: “…el deseo dice: ‘no querría tener que entrar yo mismo en este orden azaroso del discurso; no querría tener relación con cuanto hay en él de tajante y decisivo; querría que me rodeara una transparencia apacible, profunda, indefinidamente abierta, en la que otros responderían a mi espera, y de la que brotarían las verdades, una a una; yo no tendría más que dejarme arrastrar, en él y por él, como algo abandonado, flotante y dichoso’. Y la institución responde: ‘No hay por qué tener miedo de empezar; todos estamos aquí para mostrarte que el discurso está en el orden de las leyes, que desde hace mucho tiempo se vela por su aparición; que se le ha preparado un lugar que le honra pero que le desarma, y que, si consigue algún poder, es de nosotros y únicamente de nosotros de quien lo obtiene…”[1]

La imagen de Benjamin retornaba una y otra vez…contar historias, aún desde el tedio de la vida, siempre fue el arte de contarlas de nuevo con la secreta esperanza de que alguien desde otro borde, hile o teja su propia existencia mientras oye la historia…

Entonces se dijo, aquellos que guardan dentro de sí el don de oír, aquellos que constituyen una comunidad de oyentes, no debieran olvidar que su tarea exige un volver a escribir y re-escribir esta historia que oyen; re-escribirla desde sus propias experiencias o inexperiencias, desde sus propios registros de la realidad, desde sus modos de pensar la historia, la vida, lo político, lo ético, lo estético, el lugar del intelectual…

Es en instancia, donde el oyente se convierte en cronista de la historia, o tal vez en un humilde intérprete de lo que acontece en esos tantos textos que la realidad arroja a sus pies; el intérprete ya no puede transcribir lo que ve o escucha; sólo puede traducirlo en los términos propios del medio de que dispone.

El escribiente --sin prestar demasiada atención a la advertencia secreta de aquel diálogo interminable--: instó altexto, al relato, a las palabras -lejanas al principio, ilusionadas con ser dadoras de sentidos únicos y absolutos-, a que salgan de su estúpida mudez y se animen a ser leídas, a ser habladas…y en un diálogo cómplice con el lector, con el oyente, con el intérprete y con total conciencia de que ya no iban a ser las mismas, saltaron al abismo de lo público, de lo compartido por todos, de lo sabido, de lo incierto y precario… ellas -las palabras- y ellos -los intérpretes- ya no fueron los mismos…

Fue en ese momento cuando irrumpió en la escena un señor llamado Paul Ricoeur quien con voz firme y decidida explicaba: “…en el habla viva, la instancia del discurso posee el carácter de un acontecimiento fugaz. El acontecimiento aparece y desaparece. Por este motivo, hay un problema de fijación, de inscripción… La escritura fue dada a los hombres para “acudir en rescate” de la “debilidad del discurso”, una debilidad que era la del acontecimiento. El don de los grammata –de esa cosa “exterior”, de esos “signos exteriores”, de esa enajenación materializadora-- no fue sino un “remedio” traído a nuestra memoria…”.[2] La historia se constituye entonces en el “registro de la acción humana”, de sus “marcas” que sobrepasan sus condiciones concretas de producción social y aparecen sedimentadas en otras prácticas.

Ricoeur señala también, que la acción humana, al igual que un texto, es “una obra abierta, cuyo significado está en suspenso”; cuyo sentido viene a completarlo el intérprete, aquel que pueda leer. Y al referirse a la constitución de loslectores de esta acción humana dice: “podemos permanecer en un estado de suspenso acerca de cualquier clase de mundo referido, o bien podemos actualizar las referencias potenciales no ostensibles del texto en una nueva situación, la del lector.” Si bien el texto propone un itinerario de lectura y una trama de significación, de referencias posibles, es el lector quien desde su propio registro, desde sus propios lugares de referencias teóricas, epistemológicas, políticas, ideológicas… parece completar el sentido de lo escrito, los espacios en blanco… Es imposible sostener una mirada ingenua o inocente de la realidad; la lectura siempre se realiza desde un lugar de referencia.

Como un eco lejano resonaba, “contar historias, es el arte de volver a contarlas de nuevo…” Y se dijo, pero me está faltando quien hile su propia existencia mientras cuento esta historia. ¿Quién es ese extraño personaje que escucha y que re-escribe mientras se desgajan las palabras de este relato?… Quien escribe se presenta desde la humilde actividad de expresar su mar de dudas y alguna que otra certeza.

María Paula Olivieri



[1] Michel Foucault “El orden del discurso”, Tusquets Editores S.A., Bs. As. 1992

[2] Paul Ricoeur “Hermenéutica y acción. De la Hermenéutica del Texto a la Hermenéutica de la acción” Edit Docencia.